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El dolor de Ser espina y No Ser Fruto

Caminando por la senda que lleva al río nos cruzamos con esta zarzamora.
 
Cuando mi hija quiso tomar una vi que estaba llena de espinas.

Me conmoví y no supe por qué.

 

Esta noche, más de siete días después buscando una foto encontré a la espinosa y dulce zarzamora y pensé:

¿Cómo algo tan dulce puede vivir en medio de tanta espina?

¿Puede esta planta dar ese fruto jugoso y dulce sin tener que protegerse?

¿Puede dejar las espinas que rompen la piel, agreden, duelen y hacen sangrar para solo ser blandura, dulzura?

¿En que se convertiría?

 

Así me he sentido yo estos días.

Consciente de cuántas espinas tengo.
Consciente de cuánta sensibilidad adentro, cuánta intuición, de cuánto miedo.
He visto mi centro y parece un algodón que teme ser herido.

Es un algodón que además se siente frágil.
Se siente en peligro.
Siente que pueden dañarle.
Que pueden violentarle.
Que pueden abusarle.

Y por fuera de ese algodón voy percibiendo una guardiana que vela por el, que saca las espinas en cuanto huele el peligro.

 

Y el peligro no es la guerra, no es el caos, no es la violencia activa, es algo mucho, muchísimo más sutil. 
Tan sutil que a veces no existe.

 

Entonces cuando el peligro no está, lo único que queda es la desconfianza.

 

Y este centro blando, sensible, intuitivo y dulce vive encerrado, como la zarzamora, detrás de su guardiana de espinas POR SI ACASO.

 

Por si acaso alguien la dañara.
Por si acaso alguien le mintiera.
Por si acaso alguien abusara de su confianza.
Por si acaso alguien LA VULNERARA.

 

No sabe este trozo blando y lleno de luz que ya no hay peligro

 

Y que no vale tanta sangre derramada EL DOLOR DE NO SER FRUTO BLANDO Y DULCE.

Y que no vale tanta sangre derramada EL DOLOR DE SER ESPINA FRÍA Y DURA.

 

 

¿Cómo no conmoverme ante una zarzamora?

 

Andrea Díaz Alderete

Consciencia Madre

15 de septiembre 2017

 

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